La sensacional nota a Caro Costagrande en ESPN

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Carlos Delfino, una de las figuras de la Generación Dorada, se la cruzó en la Villa Olímpica de Londres 2012 y la invitó a compartir el comedor con la delegación argentina. Cuando ella sonrió frente a los integrantes del equipo que marcó la historia del básquetbol del planeta, Delfino hizo una comparación tan justa y elegante como su juego. “Ella es como Manu Ginóbili, pero en el vóley”, explicó a sus compañeros.

Carolina, que estaba viviendo un sueño que ni se había animado a soñar, como disputar unos Juegos Olímpicos, se ruborizó. Por su puesto, esa timidez se evaporaba cuando Caro pisaba una cancha: en 2012 ya había sido varias veces la jugadora más destacada de la Liga Italiana A1, la NBA del vóley, y un año atrás, en 2011, la habían distinguido como la Jugadora Más Valiosa (MVP) de la Copa del Mundo de Japón, en su primera temporada como integrante de la Azzurra femenina.

La llegada de Julio Velasco al seleccionado italiano femenino, para buscar una plaza olímpica en los Juegos de París 2024, reabrió las conexiones de los argentinos con la Nazionale. En ese contexto, Costagrande no podía faltar.

La historia de la mejor voleibolista argentina de todos los tiempos es la de una mujer que, por su altura, sufrió bullying desde pequeña, aunque en el vóley encontró un espacio de pertenencia y aceptación: ese deporte le permitió romper todas las fronteras que parecían existir en la realidad o en la mente de muchos. Un pasaporte italiano hecho casi de casualidad le abrió las puertas para representar a la Nazionale después de ocho años “huérfana de Selección”, en un período en que la Selección de Brasil la “adoptó” para que entrenase con la Verdeamarilla, porque una atleta de sus características necesitaba roce y competencia con la máxima exigencia conocida.

A continuación, la entrevista y una semblanza sobre Carolina Costagrande, “la Ginóbili del vóley”.

EN LA CIMA DEL MUNDO

“Al pasaporte lo saqué casi de casualidad. Mi club me explicó que mi hermana Luisina era menor de edad y yo era su tutora, por lo que sería importante que tuviéramos el pasaporte. Antes yo iba con un permiso de trabajo para cada temporada: era por ocho meses y, al terminar, me tenía que volver”, continúa. “Al final, esa cuestión me benefició para jugar como italiana, primero en la Liga y después en la Selección. Me cambió la vida”, añade.

–¿Cómo fue ese primer tanteo del seleccionado italiano?

–Ganamos tres Scudettos seguidos con Pesaro y yo fui prácticamente la mejor jugadora de esas tres temporadas. En 2010 me llamó Massimo Barbolini (ahora asistente de Julio Velasco para la temporada 2024), el técnico de la Nazionale, para felicitarme y decirme que no me podía convocar, porque ya tenía el grupo armado. Le respondí: “Mirá, Massimo, te agradezco, pero no me voy a ir de vacaciones y voy a seguir entrenando. Si me necesitás, estoy”. Al mes y medio me llamó. Pero yo tenía una lesión grande en una rodilla: participé de las concentraciones, aunque me perdí el Mundial 2010. Por eso, recién en 2011 arrancó mi historia con la camiseta de Italia.

–Y en ese 2011 ganaron la Copa del Mundo en Japón y fuiste elegida Jugadora Más Valiosa (MVP) del torneo. ¿Qué se siente estar en la cima del mundo?

–Fue muy, muy lindo. Y muy emocionante. En la Liga me daba cuenta de que podía ser MVP del campeonato italiano, pero eso no es tan destacado como un premio de selecciones. Fue mi consagración definitiva. También siento que fue un reconocimiento por no haber estado en selecciones durante ocho años: había dejado de jugar para Argentina en 2003. Durante esa Copa del Mundo de 2011 sabía que era top 3 o top 5, pero no me imaginé que podía ser la MVP.

–¿Te la «creíste» en el buen sentido?

–En eso soy un poco rara. Nunca me la creo: ni siquiera en el buen sentido. No sé si es por mi autoexigencia o si hay cierta inseguridad. Así que necesitaba autosuperarme constantemente. Fueron 11 partidos y cada juego era mejor que el otro en lo colectivo y en lo personal.

–¿Cómo fue la experiencia de los Juegos Olímpicos de Londres? Además, está la famosa anécdota con Carlitos Delfino, cuando te comparó con Manu Ginóbili.

–Recuerdo que escuché a Manu contando que cada Juego le servía para aprender del anterior. Porque la Villa Olímpica te devora: tenés que entender la dinámica de la Villa, que te consume energía, porque estás como en Disney todo el tiempo. Es algo espectacular, irrepetible, donde te cruzás a los mejores deportistas de todo el mundo. Estar en un lugar con tantas “luces” todo el tiempo te dispersa. Fue muy movilizante y, a la vez, un momento duro en lo interior, porque yo representaba a otro país. Soy amiga de Florencia, hermana de Carlitos Delfino, y “el Cabezón” me dijo: “Boluda, vení un día al comedor con nosotros”.

–¿Ahí dijo la famosa frase?

–Estaban todos los chicos del básquet. Y él me presentó así: “Ella es como Manu pero en el vóley”. Me moría de vergüenza.

–Más allá de la vergüenza, ¿sentís que hay cierta justicia en esa comparación que hizo Carlitos Delfino?

–No me gusta entrar en comparaciones. Son deportes diferentes, seguidos por públicos diferentes, con trascendencias diferentes. Yo participé del máximo nivel de selecciones por pocos años. Cuando entré a ese mundo ya era grande. Por eso no me gusta la comparación. De todos modos, interiormente me encantó. Y se lo agradezco a Carlitos.

–En eso de ir rompiendo barreras y descubriendo nuevos mundos, ¿te habías imaginado participar de unos Juegos? En tu época en la Selección Argentina, Brasil estaba muy lejos, pero también Perú parecía casi imposible.

–Perú había sido potencia y no digo que tuviera el nivel de Brasil, pero le hacía partido a Brasil. Tenían a Rosa García, Gaby Pérez del Solar o Natalia Málaga: era un equipo que había sido medallista olímpico y mundial. Con Argentina perdí clasificaciones olímpicas y no jugué más para la Selección a partir de 2003, así que pensé que nunca más iba a tener la posibilidad de ir a unos Juegos. Londres 2012 fue una de las sorpresas más grandes de mi carrera.

LA NATURALIDAD DEL ÉXITO

“A veces digo que no me di cuenta de todo lo que fui ganando. Para mí era la normalidad. Mi papá era el que me decía: ‘Mirá para atrás, mirá de dónde saliste, todo lo que fuiste recorriendo’. Por mi ambición y mis ganas, los logros –y lo digo con mucho respeto- eran casi normales. Incluso, era lo ‘debido’. Ahora me estoy tratando de ablandar, pero en mi época se hablaba menos del disfrute. Hoy es muy distinto”, dice Carolina a los 43 años.

–Marcaste una época en un tiempo en que no había redes sociales y resulta difícil encontrar un video tuyo en acción. ¿Cómo era tu juego?

–Me cuesta hablar de mí, pero mi juego era completo. Era muy alta, pero Mario Martínez, mi entrenador de mi ciudad, El Trébol (provincia de Santa Fe), me marcó y, desde muy chiquita, me dijo: “¿Vos querés ser una jugadora alta que solamente le pega o una que aprende a hacer de todo?”. Obviamente, busqué la más difícil. Ja. Era muy alta para la época, porque mido 1,88, y para una receptora era rarísimo que hubiera una jugadora de esas características. Salvo las rusas o algunas otras, yo era de las más altas de mi época. Pero aprendí a hacer de todo.

–En ese juego completo, ¿qué podías hacer con mayor naturalidad?

–Podía recibir, defender, bloquear. De grande perfeccioné mucho mi ataque, sobre todo de segunda línea, una “pipe” que entrenábamos con técnicos brasileños en Italia mirando selecciones masculinas. Para el femenino no era común. Esa pelota me dio muchísimo, pero sé que le puse un enorme laburo, una carga casi desmedida. También entiendo que tenía golpes sutiles en ataque, con una mano grande que se movía bien, mucho alcance en bloqueo, una recepción elegante. El saque no era mi fuerte: aprendí a sacar en salto de grande, a los 33 años, con un saque “flot”. Buscaba la perfección técnica, inclusive de grande.

–En lo físico, ¿tuviste algún momento de desarrollo que rompió con lo hecho hasta determinada época?

–Mi salto de calidad se dio cuando a los 26 años empecé a trabajar nuevamente fundamentos técnicos. Y ahí tuve, además, un cambio rotundo y enorme en lo físico. Llegué a pesar 88 kilos. Hoy peso 10 kilos menos. En una estructura grande, de 1,88, era muy incómodo llevar ese físico en el vóley femenino. El laburo en el gimnasio era proporcional a mirarme en el espejo y sentirme horrible: no me entraban los pantalones o me apretaban las camperas. Era un nivel de elite y, con veinte por ciento menos, podía seguir jugando en un nivel alto. Pero para destacarme había una franja muy delgada. Y entré a ese nivel top haciendo algo “fuera de medida” en lo físico. Pero salía de la cancha y para mí era difícil convivir con eso.

–Además, desde chica sufrías bullying.

–No se llamaba así, pero el bullying existió siempre, como existe aún hoy. Lo sufrí muchísimo. Pero a los 14 años ya participaba de selecciones provinciales o nacionales Sub 16 o Sub 18. Y encontré un mundo “paralelo” que se convirtió en mi realidad. Ahí sentía que tenía pares, porque salvo mi mamá, que era más alta que yo, en El Trébol o en mi zona no había otras chicas de mi altura. El vóley me dio un espacio maravilloso, porque no solo encontré gente como yo en lo físico, sino que me sentía bien desarrollando la actividad. En ese mundo por primera vez me podía desenchufar y no me sentía juzgada.

–¿Cómo te contenía tu familia en esa época? Porque Mario Martínez vio tu proyección y fue preparando a tus “viejos”.

–Él lo vio antes que nadie. Me lo explicó y se los explicó a ellos, aunque no existiera un modelo de jugadora argentina que hubiera llegado tan lejos. Siempre digo que estaré eternamente agradecida por cómo ellos me acompañaron sin saber dónde nos metíamos. Ellos me bancaban desde el desconocimiento: solo lo hacían porque, más allá de que yo renegaba o sufría con algunas cosas, me veían feliz en el vóley.

–¿Cuál fue el momento del primer despegue?

–A los 16 años me fui, junto con otras chicas de Trebolense, a Boca. En nuestro club no podíamos jugar una Liga Nacional. Con Boca, en cambio, jugábamos la Liga y el torneo de la Federación Metropolitana. A los 16 ya era titular en Boca. Vivíamos cuatro amigas en la Boca. Ése fue el primer desarraigo: cambiar de colegio, no tener a los amigos del pueblo, estar lejos de la familia. Y a los 18 años me fui a Italia.

–Ya en Italia, ¿cuáles fueron tus momentos de quiebre?

–Me había asentado en Italia pero sentía que podía dar un salto de calidad. Y se dio cuando llegué a Pesaro, un club en el que me quedé cinco años. Ahí empecé a entrenar con Marcello Abbondanza, un entrenador italiano que hoy es un grandísimo amigo. Y después llegó el brasileño Ze Roberto con su staff. Ellos nos cambiaron la cabeza, el físico, la técnica. Nos perfeccionaron en todo y pude convertirme en una jugadora de elite. Me pulieron detalles que me transformaron. Ése fue el quiebre más importante.

ROMPER LOS LÍMITES Y ABRIR CAMINOS

“Jugué por última vez para la Selección Argentina en el Mundial 2002. Después suspendieron a la federación nacional por un conflicto con la FIVB y desde entonces pasé ocho años sin selección. En los veranos me entrenaba sola, mientras todas las figuras de la Liga de Italia jugaban en sus equipos nacionales”, describe desde El Trébol, donde volvió a vivir después de más de media vida en el exterior: allí colabora con Trebolense y es una de las fundadoras de una escuela agrotécnica que se transformó en orgullo de la zona.

“Como estaba sin selección, Ze Roberto me invitó a Brasil, para compartir un mes de entrenamientos en el centro de entrenamientos de Saquarema. Con el seleccionado brasilero hicimos un trabajo físico tremendo y tuvimos unos entrenamientos exigentes como pocas veces vi en mi vida. Ahí pude entender la filosofía plasmada en cada jugadora brasilera. Además, fueron pioneros en trabajar mucho con pesas, para fortalecimiento o prevención”, agrega.

–¿Cómo recibían las brasileñas a una argentina “huérfana de selección”?

–Siempre me sentí bien recibida. Entre argentinos y brasileños hay una rivalidad boluda. El deporte me enseñó a romper un montón de barreras para “sobrevivir” en el máximo nivel. Rompí barreras y rompí creencias o límites. Para crecer, necesitaba de otras culturas voleibolísticas, de otras filosofías de trabajo. A mí me fascinaron las experiencias en Brasil. Me enriquecieron muchísimo. Siempre seré agradecida con ellos.

–¿En la Selección de Italia también te resultó fácil?

–Me sentí parte y me sentí “adoptada”. Mis compañeras italianas me trataban de igual a igual. Y mirá que casi siempre me he sentido “sapo de otro pozo”, porque no seguí los pasos de otra jugadora argentina: iba rompiendo, abriendo caminos, haciendo cosas que no estaban hechas antes por otra voleibolista femenina. Es muy rara mi historia en el deporte. Por eso también siento que les debía mucho a los “tanos”, por tantos años en esa liga de primerísimo nivel. Creo que devolví todo eso jugando para la selección italiana al máximo nivel que pude.

–En la Liga Italiana, ¿cuáles fueron esos momentos que guardaste para siempre en el corazón?

–¡La etapa de Pesaro! Fueron cinco años y quizás fue porque tuve una vida más normal, viviendo en el mismo lugar, la misma casa, con muchos puntos de referencia en lo humano y en lo voleibolístico. Si no, cada temporada era una readaptación: cambiar de club, de casa, de método de entrenamientos. En Pesaro la pasé muy bien, disfruté, hice amistades, viví en una ciudad preciosa y tuvimos resultados increíbles. Ganamos tres Scudettos, la Copa europea CEV y la Supercopa de Italia, entre otras cosas. Ese equipo llegó a la cima.

–Además de Italia, jugaste en las ligas de Rusia, Turquía, China y Polonia. ¿Qué te quedó de todas esas experiencias?

–Cada país tuvo lo suyo. Rusia fue quizás lo más difícil: ahí me costó mucho. En China me divertí y me trataron como a una “súper star”: todo funcionaba alrededor de las tres extranjeras, que también teníamos mucha responsabilidad, aunque ganamos el título y eso descomprimió cierta presión. En Turquía pude volver a las máximas competencias europeas de la mano de un gran entrenador como Giovanni Guidetti, hoy entrenador de Serbia y exentrenador del seleccionado de Turquía. En ese tiempo empecé a sentir que ya mi curva iba en descenso y que debía cambiar algunas cosas para seguir compitiendo. Tenía 33 años y mi cuerpo me lo estaba avisando.

–¿Cómo fue el paso por la Liga de Polonia, antes de volver a Italia para el retiro?

–Ahí jugué mi penúltima temporada y me reecontré con una de mis mejores amigas, la polaca Katarzyna Skowronska, con quien jugué en Pesaro y en China. Es una hermana del vóley. Después llegó mi último año en Italia, en Imoco Conegliano, en 2016/17. Cada país me enriqueció, sobre todo humanamente. Viví miles de experiencias, conocí culturas y me exigí muchísimo para dar lo mejor de mí en una cancha de vóley. Me retiré en paz conmigo misma.

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