Dos días después, aun me retumban en mi cabeza el sonido de los martillos, el chirrido de las chapas y el viento frío pegándome en la sien.
Dos días después, cuando me preguntan por lo vivido, sigo sin encontrar las palabras.
Sólo tengo claro algo que un día me dijo Cande, “hay que salir de nuestro metro cuadrado”. El mío, mi metro cuadrado, es un sillón amplio, un living con comodidades, un calefactor que me da calor en invierno y un split que me da frescura en verano.
Mi metro cuadrado me impidió, cientos de veces, palpar la realidad de los muchos. Mi metro cuadrado provoca mi mal humor cuando me mojo de la puerta al auto o cuando el termómetro da más de 33 grados y me transpiro en verano.
Mi metro cuadrado, promueve mi incomodidad cuando mis sábanas no están lavadas después de una semana, cuando la ducha de mi baño no está suficientemente caliente, cuando una ventana quedó un tanto abierta y se enfrió el ambiente.
Mi metro cuadrado me desenfoca, mi metro cuadrado me hace hablar de lleno a diario, protestar por protestar en cada momento; mi metro cuadrado me hace perder el sentido de la realidad que viven millones de personas en el mundo. Mi metro cuadrado me hace no ser agradecido.
En estos tres días, decidí salir de mi metro cuadrado. Primero puse asteriscos a mi “contrato” conmigo mismo. El viernes iba a estar por la mañana, pero luego no por la tarde para ir a mi otro trabajo. El sábado, vería si me necesitaban y el domingo, estaría antes o después del almuerzo familiar.
Esos asteriscos volaron por el aire, en pocos minutos. Cuando llegué al CIC y ví decenas de voluntarios. Cuando llegué al terreno, entre el frío que pegaba y la llovizna que empezaba a lastimar. O cuando lo conocí a “Juan”, sólo “Juan”, que iba ser el dueño de la vivienda y descubrí donde vivía.
En ese momento dí el paso hacia adelante, cancelé todo, pedí el día en el trabajo, suspendí el almuerzo dominical y cerré con llave, desde afuera, ese cofre mío, tan cuidado, llamado metro cuadrado. Entonces me quedé del otro lado y vi que no estaba sólo. Miré alrededor, y había cientos de metros cuadrados vacíos con gente circulando por fuera.
Decidí hacer lo que nunca hice. Decidí no protestar. Decidí reír, decidí que no me dolía, decidí que no tenía frío. Decidí que no estaba mojado.
Entonces, el viento empeoró, la llovizna se hizo lluvia, el frío se volvió helado, el cansancio se volvió pesado. Pero mis compañeros de construcción no se percataron de eso. Siguieron y siguieron. Nadie se lamentó. Nadie, lo juro.
Entonces, el trabajo se volvió servicio, el servicio se volvió motivación y la motivación se volvió alegría.
Me encontré, junto a 100 personas, hundidos hasta los tobillos en el barro. Alguien dijo que capaz iba a parar de llover y la presunción se volvió chaparrón. Miré a un costado y a otro y vi, que aún, los cofres de metros cuadrados de todos, seguían cerrados y cada uno de mis pares, afuera, trabajando por los demás.
Vi a cada uno de los de los chicos de TECHO ir para adelante. Vi a cada uno de los voluntarios seguir sin chistar, embarrados, mojados, en la intemperie y agotados. Y aunque no lo crean, aprendí a empuñar el serrucho, el martillo, el destornillador, y trabajé con un nivel para emparejar los pilotes.
Cargamos chapas, módulos, aislantes, escaleras y maderas. Se levantó cada casa, las 15, una por una. No hubo clases sociales. Mujeres y hombres trabajaron por igual. No hubo partidos políticos. No hubo colores que separen. Hubo voluntades. Gente saliendo de su metro cuadrado. Cada uno hizo lo que pudo. Uno clavó maderas, otro hizo pozos. Otro llevó tortas y mates. Otro lavó y secó ropa. Unos trabajaron tres días, otros dos y otros uno. Lo que se pudo. Otro alentó y empujó. No importó cuantas horas le pudo ofrecer al proyecto ni cuantos clavos clavó.
Y los baldíos se volvieron terrenos, y los terrenos se volvieron proyectos, y los proyectos se volvieron pilotes; y los pilotes se transformaron en pisos; y los pisos sumaron paredes y el domingo, ese esperado domingo, vio como cada casa tuvo finalmente el techo, las ventanas y las puertas.
Nadie paró hasta no ver terminada la obra. El domingo, cuando vi que mis compañeros terminaban los detalles, tomé la ropa mojada de Cande y emprendí el regreso a pie hasta el CIC.
Llovía a morir. Patinaba en el barro y estaba hecho sopa. El agua me castigaba en la cara entumecida. Me separaban 8 cuadras del lugar al que tenía que llegar. Y entonces pensé en la llave de mi metro cuadrado. La había dejado colgada en algún lugar, en un llavero imaginario. No la había tocado nunca. Por primera vez en 72 hs, había estado afuera del cofre de confort de mi vida. Y había sido feliz. Muy feliz.
Entonces me reí de mi torpeza para tomar un destornillador, de mi inutilidad para poner un pilote a nivel, de mi imagen comiendo estofado debajo de una planta que no paraba el agua y fui feliz. Fui muy feliz.
Paradójicamente, mi felicidad no estaba en el sillón, ni en Netflix. Mi felicidad estaba de este lado de la puerta, que divide mi metro cuadrado de la realidad.









