Hay triunfos que se disfrutan. Y hay otros que se sienten. El 3 a 2 de Argentina sobre Egipto fue de esos partidos que aceleran el corazón, que hacen sufrir hasta el último segundo y que, cuando termina, convierten la tensión en una explosión de felicidad.
Apenas el árbitro francés François Letexier señaló el final, El Trébol dejó de mirar pantallas y salió a la calle. Como tantas veces, la ciudad volvió a encontrarse para celebrar un nuevo capítulo de esta historia que une a todos bajo una misma bandera.
La caravana fue interminable. Durante gran parte de la tarde, autos, motos y familias enteras recorrieron las calles haciendo sonar bocinas, agitando banderas y compartiendo abrazos con desconocidos que, por un rato, parecían amigos de toda la vida.
El corazón de la fiesta volvió a latir en la esquina de Bv. América e Italia. Allí, un boulevard vestido de celeste y blanco, con columnas decoradas y banderas flameando, recibió a cientos de vecinos que transformaron el lugar en una verdadera postal de la pasión argentina.
No importaron las edades ni las diferencias. Niños sobre los hombros de sus padres, jóvenes cantando sin parar, adultos emocionados y abuelos sonriendo volvieron a demostrar que el fútbol tiene ese poder único de reunir a un pueblo entero alrededor de una misma ilusión.
Porque cuando juega Argentina, no sólo juega un equipo. También juegan los recuerdos, las esperanzas y esa costumbre tan nuestra de creer hasta el final.
Y una vez más, El Trébol respondió como siempre: con el corazón en la mano, las calles repletas de alegría y la ilusión intacta de seguir soñando con otra vuelta olímpica.





