Se fue Pipo Mancera.

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Murió un grande de la televisión – Insistía en que no había sido pionero, pero sí se ufanaba de haber sido «un creador». Murió un grande de la televisión

El adiós a Pipo. De la mano de «Sábados circulares», el primer programa ómnibus, creó un estilo para la TV argentina. Fue más periodista que showman y su ciclo llegó a superar los 80 puntos de rating. Trajo a las grandes figuras internacionales, descubrió a Sandro y fue el primero en presentar a Maradona.

Insistía en que no había sido pionero, pero sí se ufanaba de haber sido «un creador». La televisión argentina no sería lo que es -mucho menos lo que fue- si no hubiera estado ahí Nicolás Mancera. Tipo audaz, intrépido, veloz, de reflejos envidiables y con un talento indiscutido para pararse frente a cámara -y producir detrás de cámara-, le decían ‘Pipo’ por su estatura, pero era enorme. Revolucionó la pantalla con sus Sábados circulares , con su estilo, con esa capacidad que tenía de anticiparse a los fenómenos, como cuando descubrió a Sandro (ver La impronta…) o vio en un C ebollita al Dios -o al Diez – de muchos fieles. Decía que no se sentía un mito porque estaba vivo. Ayer, pasado el mediodía, comenzó el mito Mancera .

Con una salud frágil que, en los últimos años, le había disminuido algunas fuerzas, pero no las mañas, murió a los 80 años -había nacido el 20 de diciembre de 1930, en su casa de Buenos Aires, por un paro cardiorrespiratorio (hoy será sepultado a las 10.30, en Jardín de Paz). Su otro hogar, el Uruguay, era «el refugio para penas y placeres», decía, siempre con esa cuota literaria en cada frase. «Tuve que dejar nuestro país en el ‘76 y a partir de ahí permanecí en lo que puede considerarse un prolongado veraneo en Punta del Este, que concluyó en el ‘83», escribió hace tres años en Clarín , en una columna en primera persona, con la que reavivó sus comienzos como periodista de gráfica.

Nació en Buenos Aires, se crió en Rosario y pegó el estirón («estironcito», aclaraba él, con la yapa del humor administrada para los remates) ya «de nuevo en la gran ciudad, desde donde quería comerme el mundo».

Cinéfilo empedernido por autodefinición, más de una vez contó que «durante varias semanas vi tres películas por día, todos los días. Y cuando podía me escapaba a Montevideo para ver diez o doce por fin de semana, porque yo era corresponsal de cine». A los 17 años debutó como periodista en la revista Set y luego continuó con el oficio en el diario Noticias gráficas . Apenas cumplido los 20 años, escribía en las revistas Film , de Uruguay, y Gente de cine , de Buenos Aires. Y enseguida se convirtió en un agudo crítico cinematográfico del diario La Razón .

El de periodista fue su molde original, más allá del showman que supo construir con el tiempo. Y de esa matriz no se despegó jamás. Sabía mirar y contar. Sabía reflejar la realidad, más allá de que haya incursionado en los textos de la mano de la ficción.

El salto de la gráfica a los medios audiovisuales lo dio en 1954, cuando entró a Pantalla gigante , el programa de Radio Splendid en el que compartía micrófonos con Jorge Jacobson, Conrado Diana, Guido Merico y Lidia Durán. Y el 11 de abril de ese año se paró frente a cámaras por primera vez -durante 3 ó 4 minutos comentaba películas en «un programa que no puedo recordar el título»- sin sospechar, tal vez, que poco después comenzaría a ser uno de los grandes referentes del medio. «Odio que me llamen pionero, porque no estoy desde la hora cero… Pero ‘cero coma algo’ puede ser», se sinceró ante Clarín en 1998. «A los más jóvenes les cuento que en esa época no se podía grabar, todo era en vivo, palo y a la bolsa. De haber podido grabar, verme y corregir, hubiera mejorado mucho antes de lo que mejoré. Al principio cometía muchos errores, que no me los perdono», reconocía, amparado en ese riguroso espíritu de autocrítica que lo destacó como uno de los más exigentes de la televisión.

El detrás de escena de lo que sería su gran creación, Sábados circulares , revela que -luego de haber hecho la animación para la inauguración de Canal 9- le insistió «hasta el hartazgo» al entonces director de la emisora (Manuel M. Alba) para que lo dejara probarse con su propio programa.

‘Pipo’ no quería cualquier programa: «Quería uno largo. Las cosas interesantes no se pueden hacer bien en poco tiempo. Es una ecuación muy simple». El pretendía cinco horas, le daban una, que para esa época era bastante, teniendo en cuenta que muchos ciclos tenían formato de media hora. En febrero del ‘62 consiguió lo que buscaba, con la condición de incluir una película en algún momento de esas cinco horas. El filme salió de la grilla a las tres semanas, y más adelante el ciclo desembarcó en el viejo Canal 13 hasta el ‘73, para luego pasar a Teleonce, de donde se despidió al año siguiente.

Una vez instalado como un espacio emblemático por el que querían pasar todos (ver La impronta…

), Sábados circulares fue el primer programa ómnibus -llegó a durar ocho horas- «del mundo», aseguraba Mancera, quien, entre otros gustos, cada tanto llevaba al estudio al arquero de sus sueños, el gran Amadeo Carrizo, o «al mago del fueye» , como llamaba a Aníbal Troilo.

‘Pipo’ tuvo el tino de grabar cada una de sus notas y recopilarlas en un archivo casero que desempolvó hace cuatro años, cuando Crónica TV le dio la chance de volver a la pantalla con ese material, hilvanado por sus presentaciones, pinceladas por la nostalgia, y por esa cuota educativa que él tenía para pintar los viejos tiempos de la TV.

«Mucho de lo que yo hacía se hace ahora. (Marcelo) Tinelli hace algunas cosas que yo hacía y Nico (Repetto) tiene rasgos de personalidad parecidos a los míos», comentó más de una vez. Y, el día de su muerte, ellos dos (ver página 6) le rindieron el tributo merecido al hombre que abrió la puerta para que, finalmente, cada uno juegue a su manera.

Alejado de los medios -«supongo que me tuve que ir por (José) López Rega»-, trabajó en Francia, en Brasil, en los Estados Unidos, en cada sitio donde se propuso hacer televisión. En el ‘78, de regreso, condujo Al estilo de Mancera y, cinco años después, Videoshow , que duró sólo 29 días. Si bien a mediados de los ‘80 andaba con ganas de volver a la pantalla, la vida le dio un sopapo personal: «En el ‘84 supimos que Charito tenía cáncer… Me dediqué totalmente a ella, hasta que murió el 25 de abril de 1989, con 44 años. Y ahí entré en una profunda depresión de la que empecé a salir después de ocho años».

Charito era María del Rosario Calviño, su segunda mujer, productora de sus programas.

En medio de su crisis, se reencontró con Esther Ferrando, ex bailarina del Teatro Colón y coreógrafa de Sábados circulares , y «me abrí de a poco. Me permití empezar otra relación y la pasamos muy bien juntos. Es una gran compañera. Me sabe contener». Con ella vivía, entonces, entre Buenos Aires y su casa de Punta del Este, donde había, contaba él, «televisores por todas partes. No puedo dejar de mirar televisión y tratar de entender por qué hacen o dejan de hacer tal o cual cosa», compartía, alejado de ese sitio propio, que se le había vuelto ajeno.

«Cada vez que me homenajean me siento un prócer en extinción. ¿Lo estaré?», se preguntaba, casi como una frase hecha, ante cada tributo del medio. El último fue a fines del año pasado (ver Encuentro cumbre ), cuando El Trece convocó a casi todas las figuras que pasaron por el canal en sus 50 años de historia. Cuando llegó el momento de recordar la impronta de Mancera, la ovación se hizo notar.

Tanto como cuando recibió el Martín Fierro a la Trayectoria, en 1996, con más emotividad que solemnidad: «He tenido que renunciar a algo que vengo haciendo hace muchísimos años… comer ñoquis el 29», abrió su discurso en la noche del 29 de abril de hace 15 años. Y en medio de sus agradecimientos, hizo un párrafo aparte «para Blackie, que me llevó a Canal 7 y para Manuel M. Alba, que aceptó la locura». Hablaba del director que vio en su idea un programa posible. Un programa que en estos tiempos se resignifica. Perderse Sábados circulares era perderse parte de lo que sucedía en la Argentina. Y en el mundo. Bien producido, conducido y dosificado, había propuestas para todos. Había entrevistas, músicas, aventuras, había un tipo que entendía que la televisión necesitaba «un espacio sin apuro». Ese tipito, que se despedía cada sábado guiñando un ojo, ayer los cerró para siempre.

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