Se destacaron el Titán Palermo, el arquero García y el nuevo tándem Rivero-Somoza.

Un nuevo Boca superó con claridad al River de siempre – El Superclásico siempre es lo mismo: un partido en el que nadie concede nada. No importa la ocasión. El Superclásico siempre es lo mismo: un partido en el que nadie concede nada. Así lo vivió este nuevo Boca de Falcioni. Y así lo festejó ante los ojos de un River que siempre quedó a contramano del encuentro. Con un deseo añadido para Boca: que el veranito continúe en el Clausura.

La última cita superclásica había sido oficial: en noviembre, un River a puro coraje -en el debut de Juan José López- venció a Boca en el Monumental y lo dejó sin técnico (tras el partido, renunció Claudio Borghi). Aquel antecedente reciente parecía un indicio antes del partido y, sobre todo, en los primeros suspiros del encuentro. A los treinta segundos, el equipo de Jota Jota ya había generado un corner y se mostraba tan intenso como en aquella tarde feliz.

Era casi el mismo River. A simple vista y también por los nombres (se repitieron nueve titulares), no había que esperar nada distinto de aquel equipo capaz de cambiar inquietudes por alegrías. Pero no. No fue así. Las apariencias resultaron apenas eso. Un poco porque el de anoche, en Mar del Plata, fue un River apurado, sin peso ofensivo, con grietas sobre las puntas al momento de defender. Pero también mucho porque el rival tenía otras particularidades: el Boca de Julio Falcioni ya comienza a exhibir rasgos valiosos de lo que vendrá. Se trata de un equipo serio, con el orden como prioridad, con la solidez como argumento, con la contundencia como amiga .

Así lo ganó Boca, con claridad.

A los indicios positivos que había mostrado en su presentación inaugural de 2011 (2-0 a Independiente) le agregó la intensidad de un clásico que ni en los devaluados torneos de verano pierde su impronta. Fue más en casi todos los rubros. En la defensa fue bravo, con sus cuatro futbolistas pensados estrictamente para marcar, sin salidas ofensivas frecuentes por los costados; en el medio administró todo con un dúo que se complementó a primera vista (Diego Rivero y Leandro Somoza, dos refuerzos); en la ofensiva, contó con la frescura de Cristian Chávez y de Nicolás Colazo por los costados, con la movilidad de Pablo Mouche y con la ya mitológica magia de Martín Palermo, en el semestre de su adiós al fútbol. Sencillo, sin firuletes , pragmático. El Boca de Julio César comienza a mostrar sus modos. Y mientras tanto, se impone.

Fueron dos goles en el primer tiempo: a los 10, tras una jugada de Mouche, un centro de Chavez y un toque de Palermo, Colazo estampó un zurdazo que resultó el primer grito. A los 32, Palermo con un cabezazo implacable estableció el 2-0.

Antes y después de esos gritos, River no había hecho mucho para no quedar expuesto a tal desventaja. Sus llegadas dependieron de la pegada de sus dos mejores pateadores: Lanzini y Lamela (en su primer partido con la camiseta número diez). Un tiro libre ejecutado por el primero resultó la llegada más clara: entre Javier García -impecable toda la noche- y el travesaño evitaron que fuera gol.

No cambió demasiado en el segundo tiempo. River siguió careciendo de claridad (más allá de algunos destellos de Lanzini, luego curiosamente reemplazado) y Boca continuó exhibiendo ese libreto que Falcioni trajo desde el Sur, allí donde construyó el milagro de sacar campeón a Banfield. Es más: estuvo más cerca del tercero (con dos ocasiones de Palermo, sobre todo) que su archirrival del descuento. Pudo haber sido goleada. Pero no fue poco lo que consiguió: un motivo para reirse en la cara del menos apreciado de sus rivales.