Crónica de un asesinato

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Caso Cugno – El mundo de la docente asesinada. Hasta el día de ayer Alejandra Cugno era para mí una noticia policial. De ella sabía que era maestra, que fue secuestrada por un peón rural y que luego su cadáver fue encontrado en un pozo. Una foto, la que salió en todos los diarios, ponía de relieve su sonrisa. Era una mujer joven, rubia y de una encantadora sonrisa. Esos eran los escasos datos que disponía cuando llegué a San Jorge.
Con el corresponsal de El Litoral, Aníbal Pitavino, nos encontramos en el bar de una estación de servicio. Eran las cinco de la tarde. Le explico a Aníbal mi interés por conversar con familiares, amigos, maestras. ¿Quién era Alejandra Cugno? Aníbal me brinda las primeras informaciones. Era una gran mujer, me dice. Después conversaré con maestras, amigos, conocidos y todos más o menos dirán lo mismo: una gran mujer, una mujer que transmitía ternura; una mujer siempre dispuesta a hablar, a escuchar al otro, una mujer solidaria, generosa, íntegra.
Todos destacan su belleza. Me lo dice un muchacho que vive a la vuelta de su casa. Por mi vereda pasaba todas las tardes. Era el momento más lindo del día. Claro que era linda. Su belleza estaba en el rostro, en el cuerpo, pero fundamentalmente se sostenía por una luz secreta, íntima, una luz que la iluminaba como ocurre con la verdadera, la auténtica belleza.
Pasamos con el auto frente a la casa de la madre. Está a tres o cuatro cuadras de la plaza. Es una casa modesta, digna. Un niño está jugando con otros chicos en el patio. Es Mateo, su hijo de cinco años. En esa casa Alejandra vivió su infancia. En esa casa cenó la noche anterior con su madre sin sospechar que sería la última.
Presto atención a los detalles. La casa está ubicada en calle Pueyrredón 1253. Miro la esquina, las otras casas, la línea de árboles, las veredas estrechas. Hacia el horizonte esa neblina azulada que flota a cierta hora de la tarde, un minuto antes del crepúsculo. Miro. Este paisaje que yo descubro por primera vez era el escenario cotidiano de Alejandra. Este fue su mundo. Su pequeño mundo al que yo ahora me acerco como un intruso. O como un periodista. Por esas veredas ella caminaba todos los días; en esa panadería, en aquel almacén hacía las compras; en aquella estación de servicio cargaba nafta para el auto que había comprado hacía poco.
Alejandra no vivía con la madre. Vivía en una casita dos cuadras más abajo, siempre por calle Pueyrredón. Una señora me dice que le parece verla caminar con el chico. O parada en la puerta conversando con alguna vecina. -Era encantadora, me dice Stella Baradiotti, maestra y vecina. Siempre de buen humor, siempre decidida y generosa. Generosa con los chicos, con los viejos; hasta con los perros abandonados era solidaria.
Marisa Iturbide nos recibe en su casa. Nos hace pasar y conversamos en el comedor. Es la directora de la escuela Pizzurno de San Jorge. En esa escuela Alejandra trabajó de maestra durante quince años. Y en el último tiempo fue vicedirectora hasta que ganó por concurso el cargo de directora en al escuela 268 de Cañada Rosquín.
— Yo fui su directora y de alguna manera su amiga, dice Marisa. Descansaba en ella. Yo sabía que si ella estaba en la escuela podía volver a casa tranquila. Tenía talento y sabía tratar como nadie a los chicos, a los padres, a las maestras. Alejandra era encantadora, pero era enérgica. Una personalidad fuerte, que sabía imponerse sin levantar la voz, con una sonrisa y con la palabra adecuada para cada caso.
Oscurece en San Jorge. Otra vez camino por calle Pueyrredón. La luz vacilante de los faroles le otorga a la calle un denso tono de melancolía. Otra vez la sensación de extranjero mirando un paisaje que no me pertenece. Sin proponernos nos familiarizamos con las cosas. Lo extraño es que descubro esta calle, este cielo, esa línea de casas porque Alejandra está muerta.
Según Marisa, ella estaba viviendo su mejor momento. Viajaba todos los días a Cañada Rosquín, era la directora de la escuela pobre del pueblo desde hacía casi un año. Registro el dato. Le gustaba trabajar con los chicos pobres. Los quería, los protegía, los alentaba. Tenía una fuerza extraordinaria. Amaba su profesión de maestra. Nunca podía haber sido otra cosa. Tres años trabajó en El Trébol, viajando todos los días, haciendo dedo en la ruta. Después estuvo en Las Petacas. Marisa habla y pienso en el valor, en el testimonio de estas maestras que dan lo mejor de sí para que un niño aprenda a leer y escribir, pero por sobre todas las cosas, para que aprenda a sentirse querido, respetado, tratado como una persona.
La vida de Alejandra no fue fácil. Su hermana Adriana había muerto hacía dos años. Su cuñado había fallecido dos semanas antes de la tragedia. Ella siempre se hacía cargo de todo. De la hermana, de su madre. De todos. Y siempre sonreía. La vida de ella no había sido fácil. Amó y la amaron. Pero también sufrió y seguramente alguna vez se sintió sola y triste. Sin embargo, en los últimos tiempos todo parecía conjurarse a favor de su felicidad. Ser directora de Cañada Rosquín era para ella una buena noticia. Podría haberse resignado a ser vicedirectora en San Jorge, trabajar en una escuela que estaba a cuatro o cinco cuadras de su casa. Prefirió Cañada Rosquín. Ahora sabemos que era su destino.
En esos meses había conocido a Sandro. Él vivía cerca de Rafaela. Estaban enamorados, muy enamorados. Una amiga me habla de la imagen de ellos tres, Sandro, Mateo y Alejandra caminando por la plaza. El chico en el medio, de la mano de los dos. Feliz. Hoy está solo. Su amigo se queja porque su perro está triste. Mateo lo mira: «Está triste porque extraña a su mamá…a mí me pasa lo mismo». Tiene cinco años. El pelo rubio, los ojos marrones como los de Alejandra, grandes y, por supuesto, tristes.
Cuando murió su cuñado a fines de junio, Alejandra le dijo a una amiga: «Ahora me voy a dedicar a mí. Quiero permitirme ser feliz». Todos los viernes Sandro llegaba a San Jorge. Su vecina me dice que sabía que era viernes porque la oíamos cantar. En el verano se fueron de vacaciones. Mateo estuvo con ellos. Stella me muestra fotos del viaje. Se los ve tan bien, tan felices. La cara de ella es la de una mujer enamorada. Hay una foto en la que está con el pelo recogido. Un detalle: lleva una campera celeste de jean, la misma que tenía el día que la mataron. Otro detalle: Alejandra se iba a vivir a Rafaela. Con Sandro. Permutaba el cargo de directora con una colega. Faltaban pocos días.
Otro detalle. Converso con la madre en el comedor de la casa. Se llama Belkys. Belkys Bolatti. Sufre por supuesto, pero sufre con dignidad. O con resignación. Siempre pensó lo peor. Esa noche, cuando se hicieron las siete de la tarde y el celular de Alejandra no contestaba, tuvo la certeza de que algo grave había sucedido. La última imagen de Alejandra es su voz. No pudo verla cuando se fue. La llamaron por teléfono y sólo escuchó su voz desde el patio, despidiéndose. Después habló por el celular con ella como a las dos de la tarde. Hubo otra llamada a las cinco. Fue la última. Vestía un vaquero, una remera verde y una campera de jean.
Camino por Pueyrredón en dirección a la plaza. Esa arboleda de la plaza, esas lajas de piedra. No necesito mirar el cielo. Está oscuro y las estrellas apenas se distinguen. Es el cielo de siempre, tenso e indiferente. Como el aire. O como las cosas.
Todas las mañanas Alejandra sale con su auto hacia Cañada Rosquín. La escuela donde es directora está en un barrio y lleva el nombre de Luciano Molinas. Por esa puerta entra todos los días. Desde el patio mira la luz de la plaza del barrio. Sale de la escuela más o menos a las cinco y media de la tarde. Se despide de las maestras y besa a los chicos que están con ella. El auto endereza hacia la ruta. Allí, casi llegando al cruce la espera un hombre rubio. O teñido de rubio. Es bajo, algo gordo. Lleva un bolsito azul en la mano. En ese bolso hay una bufanda, una soga y un cuchillo. El Fiat se asoma. El hombre le hace señas. Alejandra Cugno frena y se detiene. Son más o menos la seis de la tarde. Alejandra pone el portafolio en el asiento de atrás. Saluda al hombre con un beso en la mejilla. Lo conoce. No es la primera vez que lo lleva y conversa con él. José Luis Baroni sube al auto.

Por Rogelio Alaniz (Diario El Litoral – Santa Fe) – Edición: El Trébol Digital – Red de Medios

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