El último baile de Abel – Por Francisco Díaz de Azevedo

Por Francisco Díaz de Azevedo

La tarde está triste, gris, fría y sin brisa. De hecho, el día no fue día, fue una burbuja llena de minutos sin ruido, sin música y sin oxígeno.

No sonó una sola nota en todo el lunes, no sonará el martes. quizás tampoco en lo que dure la semana ni el mes.

En medio de tanto barro que genera esta pandemia, en medio de tanta tristeza generalizada, esta estocada directo al corazón fue letal.

«Puedo escribir los versos mas tristes esta noche», rezaba Pablo Neruda y así me retumba en la cabeza cuando me siento frente al teclado.

Lejos de una cumbia machacante y bailarina, un hilo de música de un piano nostálgico me parte la sien.

Se fue el bailarín de la noche, el niño de la risa eterna, el de la sonrisa de teclado de piano, de dientes blancos, del disparate divertido, el «Turro» que bailaba en la cancha y hacía reir a la popu de «Unión» y a la rival.

Se fue el niño que con alegría pintaba los colores de las calles de Los Cardos. Se fue el pibe que nos enseñó a toda una región que se puede ser feliz con poco. Se fue el hombre que tenía sangre con acordes y arpegios, porque su vida era la música y la música era su gasolina.

Qué va a hacer el boliche sin vos? Quien va a tirar un paso como vos cuando entre la madrugada? Si vos fuiste el arquitecto de la alegría… Abel, el «Turro», el genio de la pista.

Un día te rescataron de las miserias de este mundo, te cobijó una familia de enorme corazón y te abrió un camino para que nos hicieras reir, para que nos contagiaras tu humor, para que pintaras de colores nuestros días grises. Eras el mentor de las acuarelas que los pibes llevan en su interior.

Fuiste el alma de la fiesta, fuiste el corazón bondadoso, fuiste el que le pusiste precio a la sonrisa de este mundo, fuiste el que acariciaste almas en tu camino, las sacaste del abismo y las hiciste celestiales. Y siempre con humor y respecto, nunca un gesto fuera de lugar, nunca una palabra mal usada, eras todo un señor Abelito.

La ronda en la pista ya no será de la misma manera. En estos tiempos de corazones castigados, nos faltará ese personaje que era el embajador nacional de la alegría, el amigo de todos, el bailarín de la noche. Eras la «pasión de sábado» y eras la pasión de cada día también.

Hoy dejamos en la tierra de estar invitados a tu baile. Porque hoy te transformaste en mito.

Hoy Abel, te transformaste en leyenda. Hoy suenan los acordes de una cumbia lejana y miro hacia un lado y hacia otro y no te veo. Entonces cierro los ojos, para no confundirme, para saber de donde viene ese «Guiro» y entonces me doy cuenta, que la fiesta es esta noche y que vas a brillar más que nunca. Empilchado como sólo vos sabías, portando la sonrisa única y los «pepés» listos para arder.

Entonces abro los ojos y comprendo. Entonces alzo la vista y entiendo. Y río, porque te veo, en mi corazón y en mi memoria desflecada y la alegría me sopla en la cara como el viento fresco del sur en una tarde ardiente de enero. Entonces la paz me invade el corazón y suspiro aliviado… y me preparo para verte de lejos, y me conformo y me quedo contemplándote…

Porque hoy, el «Turro», el danzarín de la noche, el bello Abel, inaugura «el gran baile en el cielo».

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