“Agustín era un hombre chiquito” – Primera parte – Por Francisco Díaz de Azevedo

Por Francisco Díaz de Azevedo

Al llegar al galpón de la familia Zaurín, sale “Tina” a recibirme saltando y ladrando. “Tina” es la perra de Agustín, el joven que se disparó un tiro en la cabeza a bordo de una Eco Sport que tomó de la vía pública el pasado miércoles 10 de abril, en un camino de tierra. El hecho dejó consternada a toda la ciudad y su luto se respira desde el viernes cuando su corazón dejó de latir en el Sanatorio de niños de la ciudad de Rosario.

El galpón tiene el ADN mismo de Agustín. Hay una moto a medio construir, el torno que piloteaba como si fuera de toda la vida y su cuatriciclo que manejaba con maestría.

ARTESANO EN EL TALLER – La moto que construía Agustín.

“Tengo tanta gente que agradecer. Amigos, conocidos, vecinos, los chicos de rugby amigos de Agustín, familiares, la radio y ustedes, a la dueña de la camioneta que me mandó saludos y a Susana Pepino que se portó tan bien con nosotros. Agustín tenía muchos amigos, era un hombre chiquito. Manejaba la camioneta, la lancha, los tractores, las cosechadoras, cambiaba las gomas, cambiaba el aceite, soldaba, cambiaba los diferenciales, hacía todo. El galpón era su vida. Estaba armando una moto 125 cc. parte por parte. Su profesor Fabián lo ayudaba mucho y por eso le daba el lugar que le daba en el taller en la Escuela Técnica”, señala José Luis “Jolucho” Zaurín (44), papá de Agus. No quiere olvidarse de nadie, se lo nota entero y agradecido, aunque la procesión va por dentro.

Su abuelo Ricardo, de 74 años, se sienta a su lado. El rostro se le transforma en mil arruguitas cuando habla de su nieto.  “A Agustín lo voy a llevar siempre conmigo. Fue sincero, honesto, él hablaba con un chico de 13 o uno de 50  de igual a igual. El único consuelo es haberlo tenido 13 años con nosotros seguramente Dios necesitaba alguien como él en el cielo”, dice y se quiebra en un mar de lágrimas.

MANEJABA TODO – El «Cuatri» de Agus

“Tina” se pasea entre nosotros. Se deja acariciar entre la ronda de mates que armamos en un rincón del taller. De fondo está la moto que Agustín estaba armando, pieza a pieza, y la mesa del asado que usaba para pasar un buen rato entre su gente. «La usó el otro in de semana y ahí quedó, mirala, intacta, tal cual la dejó», susurra el papá con los ojos vidriosos.

“El siempre tenía la última palabra”, rememora su mamá Alejandra (44) con una sonrisa. Por un instante los recuerdos le juegan una buena pasada. “Tenía muchas anécdota sobre todo de la escuela, como la vez que me cambió la nota de una prueba y puso un 8 en vez de un 7  y un “Te felizito Agu” y  estaba con “z”. Ese día casi me muero de risa, era evidente que la maestra no podía escribir eso. La escuela no era su debilidad, porque a él le gustaba el galpón y el rugby. Llegaba del taller, me apoyaba la mano en el hombro y me pedía pastas porque le encantaban”.

La familia de los Zaurín se completa con Emanuel de 15 años y Clara de 10. Agus cumpliría 14 años el  24 de mayo.

La última semana

“La última semana estuvo normal”, comenta su mamá y detalla: “El finde pasado se juntaron a comer hamburguesas con los amigos y el último sábado Agus les hizo pescado a sus compañeros en el taller. A él le encantaba agasajar a sus amigos y el velorio fue un mundo de chicos.  Sus compañeros de rugby le hicieron una bandera y hasta se suspendió el inicio del campeonato”.

El miércoles trágico, parecía ser uno más en las primeras horas del día.   “Esa mañana tenía que ir a inglés y estaba contento porque iba con tres amigos de la vida. Se levantó chinchudo pero normal como cualquier “chinche” de chico por la mañana. Me extrañó que salió de casa con ropa del taller y una campera en un día de calor”, cuenta Alejandra.

Esa mañana Agustín tomó calle San Lorenzo hasta Santa Fe y de allí hasta Compañía Tierras Argentinas para llegar a Independencia. Sin embargo, su academia de inglés quedaba por Emilia Bertolé. Agustín cambió mucho antes el recorrido. Ya llevaba algo en mente.

“A la media hora nos avisaron que estaba internado y pensé que había tenido un accidente en la bici. Al llegar al hospital me dí cuenta que había perdido una parte de mi alma y no lo pudimos ayudar”, rememora Alejandra.

“Jolucho” señaló que “Agustín sacó un arma que tenemos en la casa (38 largo). No estaba nunca  cargada y era muy difícil de hacerlo porque es vieja y dura. Yo la tenía por seguridad. Cuando llegué al lugar, me dijeron que le habían pegado un tiro y hasta fui a la Municipalidad y a la policía insultando a todo el mundo por la inseguridad de la ciudad. Estuve muy mal. Después fui a pedir disculpas a todos lados. Nadie me dijo de entrada como era la historia, entendí que a mi hijo le dispararon pero al ir hasta el lugar donde estaba la camioneta y ver dentro del auto, me percaté de que estaba mi arma y ahí me dí cuenta de lo que había pasado”.

Continuará…

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